lunes, 15 de octubre de 2012

No sé como expresarme, me asemejo a una piedra o a una hoja en blanco. No sé decir las cosas sin tartamudear, sin trabarme. No puedo hablarle a esta hoja en blanco virtual sin escribir cinco veces la misma cosa.
Yo no solía ser así, yo era libre - o eso creía-. Las palabras brotaban de mi boca como flores en primavera, como palabras dulces de la boca de una persona enamorada. Yo solía ser una joven que aspiraba a escritora, que aspiraba a actriz, que aspiraba a la expresión. Ahora soy un bloque de concreto, que no da lugar a que se filtren emociones, ideas, o el mismo aire. Me hundo en vez de flotar y lastimo en vez de acariciar. Quisiera saber cuando fue que me refugié en mi misma y no dejé entrar al sol.

jueves, 4 de octubre de 2012

Julio

Fue en julio. Prácticamente vivíamos juntos los cuatro, Él, su hermano, mi amiga y yo. Entre ellos se llevaban unos dos años de diferencia. Su hermano era compañero nuestro, Él era más grande que nosotros tres.

Ahí estaba yo, mirándolo a Él con brillo en los ojos y sonrisa pícara, riéndome de cada chiste, palabra y cada gesto. Todo era demasiado obvio, pero nadie se daba cuenta. Ni yo era capaz de darme cuenta.
Ese día volví a lo de mi amiga -no me tocaba volver a casa- y le confesé cabizbaja y algo avergonzada: -Me gusta, creo que estoy enamorada- Me miró y supo de quién hablaba. Supongo que no se había dado cuenta hasta que se lo dije: - Decile boluda, no creo que te vaya a rechazar. Además siempre hace comentarios insinuando que sos linda-.
Haciendo un no-breve paréntesis: jamás hay que darle expectativas a una mujer enamorada. Decirnos que nos insinúan cosas, que creen que somos lindas o que les importamos un montón nos llena de expectativas, alegría, flores y muchos colores. Una vez que la expectativa es alcanzada por la realidad, el dolor es tan fuerte como darte el dedo chiquito del pie después de haberte caído de la cama.

Luego de imaginarme casada, con dos hijos y al Golden Retriever jugueteando el en patio, caí en la cuenta de algo importante y respondí: -Podría decírselo, pero tiene novia, me parece cualquiera decirle. No gano nada y él tampoco- Fue una ducha de agua helada. Suspirando y volteando sus ojos, mi amiga me responde como irritada por mi comentario: - Si no se lo decís ahora, tal vez no vuelvas a tener la oportunidad...- se dio vuelta a mirarme levantando una ceja y me dijo - Tenés miedo de que te rechace ¿No?-. Por supuesto, tenía miedo, mucho miedo. Era la primera vez que estaba por decirle a alguien que sentía cosas fuertes y que no las podía contener. Cada vez que lo veía abría la boca y tomaba una bocanada de aire intentando recoger en él un poquito de fuerza. El aire no trae fuerza, pero a veces una buena dosis de aire nos llena tanto los pulmones, que nos hace creer que somos capaces de hacer cualquier cosa y salir ilesos.

En esas épocas se había dejado de usar la confesión "cara a cara", la mensajería instantánea nos brindaba una nueva y eficaz manera de decir las cosas con las que no podíamos lidiar personalmente. Lo ví conectado en el tan olvidado MSN, y comencé a hiperventilar. Los dedos me temblaban tanto que me era imposible golpear la tecla correcta. Lo único que pude decirle fue "Te tengo que decir algo", no podía entrar en el baile del "Hola, como estas?", tenía que ser rápida o me iba a arrepentir. Como era de esperarse, me respondió y yo corrí a esconderme debajo de la almohada y cederle el puesto a mi amiga. Ella tomó el teclado decidida a escribir lo que yo no podía: -"Estoy enamorada de vos" ¿Está bien si le mando esto?-. Yo seguía debajo de la almohada lamentando lo que estaba a punto de pasar y respondí en una frecuencia tan baja como me fue posible: - Si, es ahora o nunca-.

Años después, esa simple conversación llevó a muchos encuentros que hasta el día de hoy persisten. Ya no lo amo, pero me hace feliz. Es una felicidad casi banal, casi mediocre. Lo quiero y él me quiere, pero nos queremos con cariño, no con amor. Nos miramos a los ojos y reímos por los viejos tiempos, por mi viejo "Te amo". Entre copas hablamos de nosotros, de lo que fuimos cuando éramos más jóvenes, de las bromas, las salidas y las peleas.

No podría quererlo de otra manera, él fue mis primeras experiencias, mi primer amor. Lo quiero por nuestra amistad, no por nuestros deslices. Lo quiero por ser él y nada más.